Recuerdo que años atrás, un amigo (a quien le gustaban muchos los carros) manejaba su auto en un terreno baldío con la sola intensión de hacerlo patinar y dar la vuelta del ladrón. (O la vuelta cinematográfica como también podría llamársele). Obviamente nosotros no veíamos sus intentos desde fuera del carro. Fue algo divertido, según recuerdo.
Pero que el carro patine sin que sea tu intención y no en un terreno baldío sino en la perimetral a la altura de la entrada a Pascuales, eso no es (créanme) algo divertido.
Salía yo del Centro Cultural Tornero (zona: Entreríos) y me dirigía hacia la Vía a la Costa. El Departamento de Decisiones Cotidianas de mi cerebro decidió que debería de realizarse el viaje por la perimetral y con cierta prisa para poder cumplir con las pautas marcadas por el Departamento de Eventos y Compromisos. Se está debatiendo si la firma por parte del Departamento de la Procuraduría Prudencial General ha sido falsificada o no.
Es verdad, yo y el vehículo íbamos rápido (El Departamento de Discreción y Privacidad de mi cerebro ha clasificado la cifra). Una especie de Montero rojo va saliendo de Pascuales. Como me vio a mí, y al bus que venía a mi derecha, no me esperaba que decida cruzar nomás, cosa que hizo.
Talvez pensó que no habría problema, sin embargo, como yo venía rápido y él tuvo que empezar a frenar antes de llegar al cruce, tuve girar hacia mi derecha para esquivarlo y luego regresar a mi izquierda pensando en el bus que se encontraba atrás a mi derecha.
En ese último giro, las llantas decidieron cortar relaciones con el pavimento. Yo me aferré al volante y me preparaba para lo que venga, mientras el carro giraba lentamente y la fricción trataba de hacerse escuchar.
Al ver que ya iba hacia la cuneta de tierra del centro, cerré los ojos por un instante. Sin saltar ni nada (que era lo que me esperaba) el carro se detuvo. En su situación final, el carro había rotado unos 135 grados hacia la izquierda, se encontraba en la cuneta de tierra.
Los primeros en acercarse fueron dos vigilantes de la comisión. Me bajé del auto y lo primero que me dijo uno de ellos fue que me tranquilice. Me preguntó que pasó y le comenté que no me esperaba que se me cruce el carro rojo, el me dijo que me tranquilice pero que venía yo a exceso de velocidad.
Convoqué a todos los Departamentos Cerebrales a una reunión general para declarar la situación en Estado de Emergencia, esto implicaba que todos los Departamentos cesaban en su función para conformar luego la Junta de Consultores, todos a disposición del Jefe de la Procuraduría Prudencial.
Por lo general, el problema de un estado de emergencia y la Junta de Consultores es que la Junta se convierte en un Mercado de Sugerencias, cada parte gritando cosas que hay que hacer. Mientras el Procurador Prudencial General puede quedar en un estado de indecisión ante tanta sobrecarga. Lo bueno es que la mitad de los Consultores no sabían que hacer y quedaron calladitos. Por lo que creo que no fue mucho relajo.
Veo alrededor del carro y noto que las llantas de la derecha se habían encontrado con la parte ascendente de la cuneta de tierra, se encontraban totalmente bajas y parcialmente descentradas del rin.
En cuestión de segundos llegan muchos curiosos y rodean el carro. Uno me dice: “Fue el vitara rojo que se le cruzó ¿verdad?, Si yo lo vi”. Me dicen varios que me ayudarán a empujar el carro. Yo sugerí moverlo hacia atrás, pero el Vigilante me hace ver que mejor sería hacia el frente, donde se encontraba un vulcanizador. (Puntos menos para el Consultor del Departamento de Topografía que no me lo hizo notar antes). Abro algunas ventanas para que tengan donde agarrar quienes me ayudarían a empujar el carro. Uno de entre todos (eran casi 10) me reclama que para qué abro la ventana, y le dije que era para que tengan donde empujar. Me sugieren que me quede dentro para dirigir el carro. Lo cruzamos hasta el borde, al píe del vulcanizador. Al bajarme, muchos de los que estaban ahí me recomendaban repetidamente que cierre todo y lo deje con seguro (cosa que yo ya estaba haciendo). Agarré mi mochila donde llevo todas las cosas y la llevaba conmigo.
Les agradecí a todos por ayudarme a empujar el carro y me dirigí hacia el vulcanizador para que me ayude con las llantas. Me dijo que ya le iba a echar un ojo. Algunos se fueron y otros se quedaron al lado del carro viendo cómo quedaron las llantas. Llamé a mi papá para comentarle lo sucedido.
El vigilante me llama y me pide la licencia. Me dice que es una zona poblada y que la velocidad máxima es 50. Yo acepté que venía rápido, le di la licencia y ante la primera excusa me alejé del vigilante hacia el carro. Me llama mi Mamá y le comenté algunos detalles. El vulcanizador necesitaba ayuda para levantar el carro y poder meter la gata. Unas tres personas levantamos el carro para ese fin.
Una de las dos señoras que estaban por ahí me preguntó por lo que pasó. Algunos niños de por ahí habían bajado a lo sucedido. Otra señora los manda para arriba donde la tierra se levanta un poco y que vean desde allá. De entre las cosas que preguntaban los que estaban ahí eran: Que si el carro es mío, de dónde a dónde iba… Una señora que lo vio todo pensó que me iba a dar una vuelta y me hace notar que por suerte no sucedió mas cosa.
Voy hacia el vulcanizador que ya había inspeccionado la primera llanta y me dice que la llanta está bien, sólo hay que inflarla. Se me acerca uno de los que estaban ahí y me da un helado mientras me pregunta y le comento sobre la patinada. Otro me pregunta después que si después de la patinada estaba nervioso. Cuando respondí: “Algo”, se rió por mi aparente falta de sinceridad. Para estas alturas los vigilantes se habían retirado hacia su carro a comer un bocadillo, sabiendo que eventualmente tendría que ir yo hacia donde ellos pues tenían el sartén por el mango (mejor dicho, la licencia).
Una de las señoras me pregunta si me devolvieron la licencia. Al responderle que no, me dice, algo molesta, que de seguro quieren algo de dinero y que no le parece justo. Que el carro rojo que se cruzó, siguió de largo y ellos no le hicieron nada. Hasta se le ocurrió ir a reclamarles, pero le dije que se tranquilice nomás.
Otra señora me dice que tuve suerte, y que trate de no ir rápido. Asentí y dije nomás: “Lección”. Ellas asintieron totalmente repitiendo, “Una lección, así es.”. Al levantar el carro para meter la gata para la segunda llanta, la señora le bromea al vulcanizador de que tiene que cobrar menos por pedir a los demás que le ayuden a levantar el carro, siendo ése su trabajo.
Yo estaba sorprendido de que el tapacubos lo había visto bien deformado y ahora se encontraba bien. Hasta le pregunté al vulcanizador por cómo lo había hecho. Ignorante yo de que el tapacubos era de plástico flexible, Duuhmb.
Una vez solucionado el tema de las llantas, que costó 3 dólares, sabía que tendría que lidiar ahora con los pacos. Fui hacia el carro. El vigilante me dice que en estos casos no se trata de una multa por exceso de velocidad y ya, sino que tendrían que llevarme porque fue un accidente y se trataba de una “perdida de pista”. Por más literalmente “despistado” que haya estado yo, se notaba que querían llegar a un arreglo, pero yo me hacía el loco. Finalmente me dicen que avance hacia la estación que tienen en el puente previo a la entrada a Pascuales y que ahí me esperan
Al regresar al carro, una de las señoras me pregunta por la licencia. Al oír mi respuesta protestan por cómo los vigilantes querían dinero pero guardando las apariencias. El que me brindó un helado comenta: “Unos, ochenta”. Respondí yo: “!¿Ochenta?!”. – “Que si vas a ochenta, no hay problema”. “Aaah”, respondimos aliviados, tanto las señoras como yo. Antes de montarme al carro, saco mi pañuelo para quitarle el polvo. Un señor que estaba ahí sentado me silba para detenerme, mientras uno se acerca con un trapo y me ayuda. Finalmente me despido de todos agradeciéndoles, arranco, y avanzo, leeento, hacia la estación.
Me estaban esperando los pacos. Paro mi carro a cierta distancia y me acerco. Mientas hablábamos sobre la multa, la detención y otros temas por el estilo, en ningún momento me dice expresamente que quiere algo de dinero. Incluso cuando le pregunté sobre qué sería lo más “práctico”, no sugirió nada. Luego dice que unos Cincuenta.-“¡¿Cincuenta?!” Dije, sorprendido. – “La velocidad máxima es Cincuenta.” – “Aaah”.
Mientras conversábamos se acerca otro carro de vigilantes y un carro de la policía. Mis interlocutores deciden terminar la conversadera y me dicen que por esta ocasión me van a ayudar. Me recomiendan que vaya a cincuenta por esa zona y que después ya podría ir a ochenta sin problema. Me devuelven la licencia, les agradezco y me voy.
En el camino de regreso, me mantuve en el carril derecho a 80 Km. /h. En realidad, me asustaba ir más rápido. Recordé a la gente conocida que después de algún accidente han temido conducir o tienen una velocidad tope que temen superar. A estas alturas todos los Departamentos del cerebro habían regresado a sus funciones. El Departamento de Planeación advierte sobre la generación de una posible fobia limitante por lo que aumentamos terapéuticamente la velocidad a noventa. Había todavía un pequeño sentimiento de inseguridad. Pero cuando me acerqué más a la zona poblada y vi más carros alrededor, el fenómeno Seabiscuit (ver la pelicula) me curó del todo de la posible fobia y rebasé algunos lentos para poder llegar a mi destino.
No crean que no he aprendido la lección. Procuraré ser más prudente. (Ese es el trabajo de la Procuraduría Prudencial General). Sentir que el carro se desplace sin que tengas mucho control de su trayecto es cosa seria y créanme que no es nada divertido ni lo pienso repetir.